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Nada tiene la fuerza de la propia vivencia de las cosas. Eso le ocurre precisamente a Marta cuando, uno de tantos días que acostumbraba a ir con unas amigas al merendero de sus padres en un pueblecito a las afueras de Burgos, Dios tuvo a bien que Marta encontrara allí a un sacerdote, que posteriormente se ofreció a llevarla a casa en su coche.
Durante el trayecto Marta es escuchada en confesión y al recibir la absolución, su alma se llena de profunda alegría y paz serena. Su alma, porque su cuerpo estalla de júbilo y dando, literalmente, saltos de alegría, corre a casa de sus amigas a decirles que sabía que Dios no la había olvidado.
Al descubrir la Misericordia de Dios y sentirse perdonada y amada por Él, se enamoró profundamente de Cristo y sólo le preguntaba su voluntad para con ella, sólo quería seguirle. |
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