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Cuando Marta experimentó la Misericordia de Jesús se sintió salvada y quedó profundamente enamorada de ÉL. Su alma encontró la paz y su vida se fue ordenando. Fiel a su rato de oración, de rodillas ante el Señor, y a la Eucaristía, a diario. Sabía ser discreta en la generosidad, pasaba de “puntillas”, apenas se la notaba.

 

Dios es lo más importante en mi vida. Mi amor. Y como he conseguido llegar a adivinar esta gran verdad, no quisiera nunca perderlo. (Yo sólo quiero seguirte, Jesús).

 

Tú  tienes una historia de amor guardada para mí, Señor. Lo sé. Y lo voy descubriendo poquito a poquito.

        

 

Se sentía más libre cuando se abandonaba y confiaba en Él, hasta el punto de exclamar:

 

Tanto más confío y me abandono en Él cuanto me siento libre.

 

Apasionada y tenaz, supo defender su fe en cualquier momento y ante cualquier persona. Lo mismo argumentaba la defensa de su fe cuando era atacada o ridiculizada desde una cátedra en la universidad, como escribía cartas a los medios de comunicación denunciando la falta de valores morales y éticos.

 

Mi falta de paciencia en ver su voluntad. ¡Si pudiese dar ejemplo con mi vida!

 

 

¡Oh, Dios, ayúdame por favor, ya. Que no hay tiempo.... Que la vida es muchísimo más corta de lo que, pobres ilusos, pensamos...

 

 

Marta quería decididamente dar ejemplo con su vida. Siempre hablaba de Dios y con impaciencia le pedía al Señor ver su voluntad porque le apremiaba cumplirla, pues intuía que tenía poco tiempo.